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Noticias (BCS)

EL PERIODISMO SEGUN WALLRAFF Y KAPUSCINSKI

Posted by Ejecutivos BCS on 1 Ee julio Ee 2012 a las 13:25

Su trabajo radica en la forma de conocer la verdad, viviéndola en carne propia

Por Diana Cuevas

 

Este día he decidido escribir sobre dos periodistas que han influido profundamente en la forma en que he entendido e intentado hacer periodismo. Considero que en BCS existe una especie de recambio generacional y tecnológico en cuanto a la forma de difundir información entre la población, comparto con ustedes el texto, sobre todo dirigido a mis colegas jóvenes con quienes empecé la labor de reportear hace ya casi dos años.


En el caso que me ocupo, hablaré sobre el polaco Ryszard Kapuściński y el alemán Günter Wallraff, aunque con diferencias entre ellos en nacionalidades y edades, sus trabajos son verdaderas joyas que inspiraron, inspiran e inspirarán a los colegas.


El trabajo de ellos radica en la forma de conocer la verdad, viviéndola en carne propia, para ellos la objetividad no existe en tanto que el reportero conoce la verdad conforme investiga y frente a ésta no puede permanecer impasible, a la vez, ambos comprenden que están rodeados de un contexto político y social que debe ser transformado.


Aquellos que carecen de criterio propio se convierten en meros repetidores de sucesos y hechos, escriben pedazos fragmentados de la realidad que se arrumban en el baúl de las palabras, en mamotretos sin sentido apilados en las hemerotecas. Es por eso que los textos de estos dos hombres, a pesar de haber sido escritos hace años, no dejan de ser actuales.


Y es así, precisamente porque el buen periodismo tiene una deuda con la sociedad, que es su razón de ser, la cual debe caracterizarse por hacer contrapeso entre los poderosos, la violencia, la riqueza con los subordinados, los agraviados, losdesposeídos.


Günter Wallraff (1942- actualidad)


Su trabajo ha consistido en disfrazarse para obtener la información que redactará, que de otra forma no puede ser obtenida, su método es conocido por los periodistas como wallraffear o como él lo ha definido contraperiodismo. En los tiempos de la guerra fría, en 1985, documentó en la República Federal Alemana (bajo la dominación estadounidense) la forma en que viven los inmigrantes turcos, de ahí su texto más famoso llamado “Cabeza de Turco”[1].


Para lograr su objetivo, Wallraff toma la identidad de un turco llamado Ali, para ello tiene que, además de utilizar pupilentes obscuros, peluca y oscurecer su piel, adoptar un acento árabe así como conocer de los musulmanes su historia y religión. Entonces, una vez caracterizado, se da la tarea de buscar una empresa siderúrgica como armador de coches. El siguiente texto lo encontramos en la introducción del libro citado con anterioridad:


“Yo no era un turco auténtico, eso es cierto. Pero hay que enmascararse para desenmascarar a la sociedad, hay que engañar y fingir para averiguar la verdad. Aún no he llegado a saber cómo asimila un extranjero las humillaciones cotidianas, los actos de hostilidad y odio, pero sí sé ya lo que tiene que soportar y hasta qué extremos puede llegar en este país el desprecio humano. Entre nosotros, en nuestra democracia, se da una parcela de apartheid. Mis vivencias han superado, en un sentido negativo, todas mis expectativas. En plena República Federal he vivido situaciones que, de hecho, sólo se hallan descritas, por lo general, en los libros de historia del siglo XIX. Cuanto más asqueroso y agotador era el trabajo, cuanto más exigía la puesta en juego de mis últimas reservas, tanto mayor fue el desprecio y la humillación que sentí: es algo que no sólo me ha hecho daño sino que, incluso psíquicamente, me ha conformado de modo distinto”.


Para llegar a esas conclusiones debió exponerse a la concentración de sustancias tóxicas en el aire como el astato, bario, plomo, cromo, hierro, gadolinio, cobalto, cobre, molibdeno, niobe, paladio, mercurio, rodio, rutenio, selenio, estroncio, tecnecio, titanio, vanadio, wolframio, itrio, zinc y circonio, que lo hacían pensar constantemente en enfermarse de cáncer de pulmón, pero que no lo libró de una pulmonía crónica; trabajó en un Mc Donald’s, símbolo de la comida rápida estadounidense y en aquél entonces expansión del corporativismo capitalista; de albañil; como conejillo de indias en una empresa farmacéutica donde tenía que tragar medicamentos que causaban los siguientes síntomas “mi campo visual se reduce. Intento mirar al patio, pero el sol brilla demasiado y me hace daño en los ojos. Me echo en la cama y me quedo adormilado. Acudo como un sonámbulo a las extracciones de sangre cada hora”.


Todo ello aceptando una mínima paga, trabajar dobles y terceros turnos para alimentarse y rentar una vivienda en un barrio turco. Ah, se me olvidaba que un día fingió a una funeraria ser enfermo terminal y estar a punto de morirse con tal de corroborar si era posible una rebaja en su ataúd (algo que no logró;).


También trabajó en el periódico Bild Zeitung, de los periódicos más leídos en su país, al que de denunció por publicar mentiras y utilizar métodos sucios para venderse al practicar el sensacionalismo. Y por si esto fuera poco, estuvo preso en Grecia (donde fue torturado) durante la dictadura militar de “Los Coroneles “(aclaro que él quería conocer la represión) por pedir libertades para el pueblo griego.


En su última visita a México, en 2008[2], a Wallraff le preguntaron sobre qué “papeles” realizaría en México, éste respondió que la realidad más cruel que podría conocer en nuestro país sería la que viven los migrantes de la frontera, el narcotráfico o la pobreza y discriminación que sufren los indígenas de los que además expresó “tenemos que aprenderles, porque ellos tienen la salvación de este mundo”.


Pero rápidamente advirtió sobre los peligros de trabajar “encubierto” en un país como el nuestro, “seguramente ya no estaría en este mundo”, expresó. No se fue sin hacer una recomendación a los periodistas arriesgados “lo primero es protegerse. Yo no seré quien les diga: ‘¡sí, claro, hazlo!’. En Alemania, se goza de cierta seguridad. Pero aquí equivale a exponerse a una muerte segura. Una posibilidad podría ser el trabajar en grupo, no investigar en solitario, sino entre varios, publicando después bajo seudónimos, para no llamar la atención y no acabar tiroteado”.


Ryszard Kapuściński (1932-2007)


Recorrió cada uno de los continentes como corresponsal de la Agencia Estatal de Noticias PAP polaca entre 1959 y 1981 en zonas de conflicto y en países del tercer mundo, en una época de ocaso del colonialismo y de nacimiento de la guerra fría. Sus textos crearon además lo que algunos llaman periodismo narrativo al rayar en lo literario, sus libros bien pudieran pasar como la invención de un cuento de aventuras, llenos de matices, gente, emociones.


De todos los continentes, Kapuściński adoptó con amor a África, el que recorrió en plenas revoluciones de independencia, de ahí una de sus obras más significativa “Ébano”[3]. En donde conoció el desprecio hacia los europeos, y hacia su propia raza, por el daño al que sometieron a los países africanos y la deuda que caía sobre sus hombros.


Kapuściński conocía mejor que nadie el despojo de las libertades, la migración, el ser un “sin tierra”, al haber vivido en Polonia, un país que ha sido repartido e invadido históricamente. En 1795 desapareció al ser repartido entre los imperios Ruso, Prusiano y Austriaco. Recobró su independencia después de la Primera Guerra Mundial, para ser invadido por la Alemania Nazi y el Ejército Rojo de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) durante la segunda mundial, quedando finalmente bajo el mando de la URSS como República Popular de Polonia de 1945 a 1989, año en que caería el muro de Berlín.


“Me preguntan por qué en el Congo golpean a los blancos. ¿Cómo que porqué? Porque los blancos golpean a los negros. He aquí el círculo cerrado de la venganza. La gente se somete a esta psicosis que los deforma y mata… Quería ir y explicar: soy polaco. A los dieciséis años ingresé a una organización juvenil. En los estandartes de esta organización estaban escritos los lemas sobre la fraternidad de las razas y la lucha común contra el imperialismo. Fui un activista, organizaba mítines de solidaridad con los pueblos de Corea, Vietnam y Argelia. He sacrificado varias noches para pintar pancartas, eran estupendas, llamaban la atención. Estuve a vuestro lado con todo mi corazón en cada momento de mi vida. Siempre consideraba a los colonialistas como unos miserables. Estoy con ustedes y quiero demostrarlo con hechos”.[4]


Estuvo a punto de morir decenas de veces, enfermó de malaria, fue asaltado. Voló en aviones y navegó en embarcaciones deplorables que lo colocaron siempre en un riesgo constante. Aquí describo el momento en el que estuvo a punto de morir en Nigeria en 1966, cuando fue apresado por el UPGA, partido político que intentaba hacerse del poder.


“Tengo que morir por culpa del colonialismo, por los traficantes de esclavos, por el látigo del blanco terrateniente, porque a Lady Lugord se le antojó que la cargaran en una litera. Esperaba el momento en que me prendieran fuego, porque el UPGA acostumbra quemar viva a la gente. Había visto con frecuencia los cadáveres quemados…Luego se me roció con benzol, como se quema aquí a la gente. Sentí un miedo bestial que me paralizó, estaba como clavado en la tierra, como si estuviera enterrado hasta el cuello. El sudor me empapaba, pero bajo la piel sentía un frío como si estuviera congelado...¿Qué querían de mí? Me pusieron los cuchillos junto a los ojos y el corazón. El que los dirigía se retacaba los bolsillos de dinero y gritaba borracho arrojándome el tufo de la cerveza: Power! UPGA must get power! We want power! UPGA es power. Temblaba, poseído por la pasión del poder, estaba loco por el poder. La palabra lo hacía caer en éxtasis, en una gran euforia. Tenía la cara sudorosa, las venas de las sienes hinchadas, lo ojos inyectados de sangre, de locura. Estaba felíz, comenzó a reírse de alegría. Todos comenzaron a reír. Esta risa me salvó. Me ordenaron que me fuera”.[5]

 

Conoció las desigualdades entre el continente más rico y el más pobre y sometido, tal era su determinación y humanismo que no dudó en sentirse identificado con el segundo. Sentía que su vida tenía una razón de ser, que no encontraría en Europa.


“Por el gran bloque de cristal que es el aeropuerto de Fiumicino desfilaba suntuoso e increíblemente exótico el mundo de la contenta, tranquila y saciada Europa, el mundo de las muchachas que vestían conforme a la última moda, de los elegantes funcionarios que se dirigían a alguna conferencia internacional, de los emocionados turistas que llegaban a ver el Foro Romano, de las señoras arregladas con sumo cuidado, de las parejas de jóvenes que se dirigían a las playas de Mallorca y de Las Palmas. Entonces este mundo me pareció tan inverosímil, que sentí de repente, según la ley de una triste y hasta horrible paradoja, que estaba mucho mejor domesticado allá, en Stanleyville y en Usumbura, que en medio de esta muchedumbre que en este momento pasaba frente a mí”. [6]


Después de su muerte, fue señalado por el Newsweek como un agente de la policía secreta comunista entre 1967 y 1972[7]. Algo que de ser cierto, no resta el mérito a la enorme labor que desempeñó como reportero de guerra. De acuerdo a las declaraciones de Ernest Skalski, amigo y colega de Kapuściński “…tuvo que hacerlo (...) Si no aceptaba, no hubiera escrito sus libros. No habría Kapuscinski''. Como es bien sabido en aquel momento, era casi imposible abandonar el país sin firmar un documento para cooperar con el régimen político de Polonia.


Quizá la más grata lección que el polaco dio fue el reconocer entre los jóvenes reporteros que de ellos depende el conocimiento de la realidad en una forma independiente a través del manejo de la tecnología y alejados de las grandes corporaciones mediáticas. Pero, sobre todo, resaltó siempre que un reportero tiene que ser antes que nada, una buena persona.


“Creo que para ejercer el periodismo, ante todo, hay que ser un buen hombre, o una buena mujer: buenos seres humanos…Si se es buena persona se puede intentar comprender a los demás, sus intenciones, su fe, sus intereses, sus dificultades, sus tragedias. Y convertirse, inmediatamente en el primer momento, en parte de su destino… En este sentido, el único modo correcto de hacer nuestro trabajo es desaparecer, olvidarnos de nuestra existencia. Existimos solamente como individuos que existen para los demás, que comparten con ellos sus problemas e intentan resolverlos, o al menos describirlos”.[8]

Categorías: Ejecutivos BCS Junio 2012

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1 Comment

Responder Williamsloft
12:58 Eel 17 Ee enero Ee 2017 
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