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COSAS QUE NO NECESITO PARA SER FELIZ

Posted by Ejecutivos BCS on 4 Ee noviembre Ee 2012 a las 12:30

Por Ricardo Mancilla Rangel

 

Bernard Shaw decía cuando cruzaba por un mercado: “Qué feliz me hace ver tantas cosas que no necesito.”

Hoy por hoy que la pérdida de valores se da en escala vertiginosa, en donde la sociedad ha dejado de lado la cortesía, las buenas maneras, la palabra de honor, la responsabilidad y muchos otros valores que a las pasadas generaciones les inculcaron con la bien llamada materia de CIVISMO, parece desvanecerse ante la modernidad y los usos y costumbres de esta nueva era, de la nueva ola como dijeran los jóvenes de esta generación.

Se ha perdido el valor moral de dinero y se ha sepultado el espíritu emprendedor, creativo e innovador, dejándolo sujeto a las tecnologías a veces con consecuencias de poco sentido humano y una desmoralización generalizada de las nuevas generaciones en todos los ámbitos de la sociedad.

Quienes viajan por el Oriente, tendrán contacto con los monjes del Tíbet, en Mongolia, Japón y China, son hombres que se caracterizan por comportamientos serenos, solícitos, reflexivos, de modales finos y respetuosos, todos en paz con sus mantos de color azafrán.

En un aeropuerto si observas la sala de espera llena de ejecutivos con teléfonos celulares, preocupados, ansiosos, generalmente comiendo más de lo que debían. Seguramente, ya habían desayunado en sus casas, pero como la compañía aérea ofrecía otro café, todos comían vorazmente.

Esto me hace reflexionar: "¿Cuál de los dos modelos produce felicidad?"

Un día me encontré con Daniela, de 10 años, en el ascensor, a las 9 de la mañana, y le pregunté: ¿No fuiste a la escuela? Ella respondió: "No, voy por la tarde." Comenté: Qué bien, entonces por la mañana puedes jugar, dormir hasta más tarde. "No", respondió ella, "tengo tantas cosas por la mañana..."

¿Qué cosas?, le pregunté.

"Clases de inglés, de baile, de pintura, de natación", y comenzó a detallar su agenda de muchachita robotizada.

Me quedé pensando: Qué pena, que Daniela no dijo: ¡Tengo clases de meditación!

Estamos formando súper-hombres y súper-mujeres, totalmente equipados, pero emocionalmente infantiles.

Como ejemplo una ciudad progresista del interior de San Pablo tenía, en 1960, seis librerías y un gimnasio; hoy tiene sesenta gimnasios y ¡tres librerías!

No tengo nada contra el mejoramiento del cuerpo, pero me preocupa la desproporción en relación al mejoramiento del espíritu. Pienso que moriremos esbeltos: "¿Cómo estaba el difunto?". "Oh, una maravilla, ¡no tenía nada de celulitis!" pero el cerebro vacío.

Pero cómo queda la cuestión de lo subjetivo? De lo espiritual? Del amor?

Hoy, la palabra es "virtualidad". Todo es virtual. Encerrado en su habitación, en Brasilia, un hombre puede tener una amiga íntima en Tokio, sin ninguna preocupación por conocer a su vecino de ¡al lado! Todo es virtual. Somos místicos virtuales, religiosos virtuales, ciudadanos virtuales. Y somos también éticamente virtuales.

La palabra hoy es "entretenimiento"; el domingo, entonces, es el día nacional de la imbecilidad colectiva.

Imbécil el conductor, imbécil quien va y se sienta en la platea, imbécil quien pierde la tarde delante de la pantalla.

Como la publicidad no logra vender felicidad, genera la ilusión de que la felicidad es el resultado de una suma de placeres: "Si toma esta gaseosa, si usa estas zapatillas, si luce esta camisa, si compra este auto, ¡usted será feliz!"

El problema es que, en general, no se llega a ser feliz. Quienes ceden, desarrollan de tal forma el deseo, que terminan necesitando un analista. O de medicamentos. Quienes resisten, aumentan su neurosis.

El gran desafío es comenzar a ver cuán bueno es ser libre de todo ese condicionamiento globalizante, neoliberal, consumista. Así, se puede vivir mejor. Para una buena salud mental son indispensables tres requisitos: amistades, autoestima y ausencia de estrés.

Hay una lógica religiosa en el consumismo post-moderno.

En la Edad Media, las ciudades adquirían status construyendo una catedral; hoy, en Brasil, se construye un shopping-center.

Es curioso, la mayoría de los shopping-center tienen líneas arquitectónicas de catedrales estilizadas; a ellos no se puede ir de cualquier modo, es necesario vestir ropa de misa de domingo. Y allí dentro se siente una sensación paradisíaca: no hay mendigos, ni chicos de la calle, ni suciedad.

Se entra en esos claustros al son gregoriano post-moderno, aquela musiquinha de esperar dentista.

Se observan varios nichos, todas esas capillas con venerables objetos de consumo, acolitados por bellas sacerdotisas.

Quienes pueden comprar al contado, se sienten en el reino de los cielos.

Si debe pagar con cheque post-datado, o a crédito se siente en el purgatorio.

Pero si no puede comprar, ciertamente se va a sentir en el infierno.

Felizmente, terminan todos en una eucaristía post-moderna, hermanados en una misma mesa, con el mismo jugo y la misma hamburguesa de Mac Donald.

Acostumbro a decirles a los empleados que se me acercan en las puertas de los negocios: "Sólo estoy haciendo un paseo socrático". Delante de sus miradas espantadas, explico: "Sócrates, filósofo griego, también gustaba de descansar su cabeza recorriendo el centro comercial de Atenas. Cuando vendedores como ustedes lo asediaban, les respondía: "Estoy observando cuántas cosas existen que no necesito para ser Feliz"! al igual que Bernard Shaw.

Categorías: Ejecutivos BCS Octubre 2012

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