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LA AGONIA DE LA BELLEZA

Posted by Ejecutivos BCS on 6 Ee diciembre Ee 2012 a las 11:15

Por Pablo de María

 

Agoniza la belleza de México. El olvido de lo trascendente presagia el final de la mística y delicada honra a los muertos. El olvido de los novísimos hunde a nuestro pueblo en el culto a la oscuridad. Se imponen triunfantes la telebasura, el mal gusto y la falta de claridad intelectual. Nos avasalla el Halloween “a la mexicana”: con sus esperpentos, sus disfraces siniestros y sus bromas ridículas.

También para los irlandeses y sus nietos estadounidenses, Halloween (la víspera del Día de Todos los Santos), despojado de su religiosidad y trascendencia, se ha trocado en una fiesta consumista, estúpida y fea, que -para la mayoría de los jóvenes- ha suplantado el contenido humanista y espiritual, romántico y místico, de los Días de Difuntos y de Todos los Santos. Resulta penoso comprobar cómo quienes critican al pueblo de los Estados Unidos de América y desprecian sus virtudes colectivas, ofenden su bandera y "odian" su cultura, sin embargo, emulan sus vicios, consumen toda su comida-basura, cantan y bailan su música enajenante, ven su cine alienante, visten sus modas, leen sus best-seller, y ahora truecan la honra a sus muertos por una fiesta presidida por una calabaza de sonrisa imbécil.

Los mexicanos nos hemos sometido al ensalzamiento de lo grotesco, a la alabanza de los adefesios y a una costumbre importada que en México es burda mascarada. Fea vulgaridad en el trato con la muerte frente a la mística del recuerdo de los difuntos amados, mística que estas líneas refieren al natural impulso religioso del corazón que evoca a los que fueron su sangre, su amor y su ternura.

Escribió el escritor inglés Gilbert Keith Chesterton : «Esparcir flores sobre una tumba es simplemente el modo en el que una persona normal comunica con un gesto cosas que sólo un gran poeta podría expresar con palabras». En México palidece el gesto poético, existencial, romántico y místico de depositar flores en la tumba del ser amado, mientras los labios del corazón pronuncian una plegaria de amor en memoria del amado ausente. Un rito sublime en su delicada y sencilla hermosura cultural -mística y afectiva- desgraciadamente ahogado por la risa hueca de una calabaza iluminada, por sonsonetes mal traducidos entonados por autómatas de guiñol del consumismo festivo -en vez del misterio sonoro de un “Miserere” , un responso o un rosario por el descanso eterno de un alma- y por ropajes que disfrazan la muerte de bufonada cuando, sin Dios, la gran bufonada es la muerte. La gran mayoría de los jóvenes, envenenados por la telebasura y extraviados por la vaciedad de sus líderes culturales, religiosos y familiares, desconocen que para saber vivir hay que saber morir. «Es inútil excluir a la muerte de nuestras representaciones, palabras e ideas, porque ella acabará por suprimirnos a todos y en primer término a los que viven ignorándola o fingiendo que la ignoran», razonó Octavio Paz.

Los adoradores de la calabaza desdentada colman los versos de García Lorca: «Pero no son los muertos los que bailan, estoy seguro, son los otros los que bailan con el mascarón y la vihuela», y bailan cuando deberían arrodillarse ante la tumba de un antepasado, meditar entre los panteones y nichos de un camposanto solitario, detenerse ante una cruz sin nombre o adornar con una flor una tumba abandonada. Danzan frenéticos y atolondrados cuando deberían llorar, gritan cuando deberían musitar una oración, juegan cuando ni la vida ni la muerte son un juego. La estridencia y frivolidad de Halloween gangrena el alma, antaño hermosa en su místico trato con la muerte, de nuestro amado México.

«Es un silencio de parques olvidados; huele a tierra de cementerio, y se oye la lluvia en la fronda muerta. Y a la triste claridad de la luna amarillenta, un ruiseñor llora dulces preludios entre la niebla», reza el poema de don Juan Ramón Jiménez . Sin silencio circunspecto, habiendo olvidado la oración y el rezo, sin el dulce llanto llorado por quienes se han ido, sin la lluvia que lava el dolor del recuerdo, sin olor a tierra de cementerio, se pierde hoy en la niebla de la ignorancia el recuerdo de los difuntos y el trato místico con la inseparable muerte: los mexicanos hemos olvidado que, viviendo sin meditar que vamos a morir… se nos está muriendo México.

Categorías: Ejecutivos BCS Noviembre 2012

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