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Raymundo Leon V.

Noticias (BCS)

Ika

Posted by Ejecutivos BCS on 4 Ee agosto Ee 2011 a las 18:00

Diana Cuevas

 

Nuestro imaginario ha sido educado para pensar en pequeñas unidades: la familia, la tribu, la sociedad. En el siglo XIX se pensaba en términos de nación, de región, de continente. Pero no tenemos ni instrumentos ni experiencia… para darnos cuenta de cómo las otras partes del planeta influyen en nosotros o cómo influimos nosotros en ellas.


Ryszard Kapuscinski.

Los cínicos no sirven para este oficio.




Yuuki Mitsuko piensa hacer un rico guisado. Hay celebración familiar. Desde Yokohama vendrán sus hermanos. Sus pequeños pasos llevan prisa, la reunión mensual con el jefe de la empresa le ha robado unas horas. El bullicio de la ciudad, sonidos de cláxones intermitentes, y luces neón de los establecimientos desaparecen al entrar a la tienda comercial más próxima. La deliciosa, suave y dulce, carne del ika además del sake serán los elementos principales del exquisito banquete de la noche.

 

* * * * *

 

En medio del desierto se levantó un pequeño poblado. Ese lugar fue considerado bendito por los viejos, pues alguna divinidad procuró que a sus habitantes nunca les faltase alimento. Al llegar ahí, se siente la sofocación propia de los lugares costeños y un olor nauseabundo impregna la ropa y la piel, el mismo que arrojan las chimeneas de unas fábricas que trabajan desquiciadamente. Frente a la pequeña y polvosa plaza popular está el malecón. El malecón es una banqueta larga que corre en paralelo a la orilla del mar. Cuando el sol comienza a ocultarse y baja la temperatura, los fantasmas del puerto salen de paseo, algunos hacen ejercicio, las parejitas amorosas se acarician y otros compran y venden cristal, mota o coca. Algunos hacen todo a la vez. Pero para Don Ricardo y el Chocolate la puesta de sol es el despertador que anuncia la jornada laboral. Así suceden los días circulares.

 

Padre e hijo empujan La Esperanza hacia el mar de arenas negras, continuando el trabajo de sus antecesores en el principio y el de sus descendientes hasta el fin de los tiempos. Con la paga de hoy dejarán de vivir a tabla por lo menos esta quincena. De frente al sol, que rojo se derrama, es posible ver sus rostros grasientos y colgando de sus cuellos, cafés y arrugados prematuramente, un par de escapularios. Con el primer bote de Tecate, el Chocolate arroja la potera de plomo a estribor de la pequeña embarcación, hay que evitar que huela a tabaco o aceite de motor porque la criatura tiene un olfato finísimo. Don Ricardo se coloca los guantes. La noche ha caído. Estas maniobras son especiales en los días de oscuro, o sea, cuando no hay luna porque a aquello que habita las turbias aguas le atrae la luz. La potera de Don Ricardo es luminiscente, de un verde fosforescente. Hoy la corriente está apaciguada y el viento apenas es perceptible.

 

A lo lejos, en la penumbra, es posible ver cientos de lucecitas de pangas que van en busca de lo mismo. Sus tripulantes deben ser cuidadosos, pues con tanta oscuridad son comunes los choques, aunque lleven sus lámparas de gas o focos eléctricos adaptados a una batería de carro, es preferible bajar la velocidad o gritar de vez en cuando.

 

Aquí hay demasiados de ellos, infestan las aguas. Hay quienes dicen que debido a la velocidad con la que se reproducen nunca se acabarán. Pero han sacado tantos que los que quedan son de tamaño mediano, como de dos o tres metros. Llegan en verano a alimentarse y aparearse. Son carnívoros. Cangrejos, camarones y peces constituyen su abundante dieta, pero sus instintos feroces no los detienen y, en acto propio de los caníbales, comen a otros de su especie. El resto de la vida de estos solitarios monstruos transcurre en desplazarse en las frías profundidades marinas.

 

El cuerpo del fiero animal es tubular. El manto es un músculo que lo envuelve en casi su totalidad. Le permite desplazarse entre el líquido marino a gran velocidad a través de movimientos contráctiles y de relajamiento. Su maquinaria corporal es tan sofisticada que nada a base de un sistema de propulsión a chorro expulsando agua por la cavidad del manto, según la dirección de maniobra que decidan sus grandísimos y brillantes ojos. En las extremidades están la cabeza y dos aletas laterales. De la cabeza brotan ocho tentáculos alargados y repletos de ventosas. Dos de ellos sobresalen, son contráctiles y sus extremos son aplanados. Cuando atrapan una presa, los primeros seis tentáculos la sujetan mientras los dos tentáculos especiales la dirigen a la boca. En la boca hay un poderosísimo pico que sirve para desgarrar el botín.

 

Don Ricardo está sofocado. Su respiración está agitada. Un sudor frío recorre su cuerpo instantáneamente. La piola se tensa. Uno mordió la potera. El Chocolate está sacando el tercero de la noche. En una noche así, consiguen lo más que puede resistir la pequeña embarcación. Alrededor de media tonelada. Los hombres utilizan como cebo un tentáculo de la criatura anterior. Muerden la corona de anzuelos afilados, desconociendo el engaño y hambrientos, se asen a ellos ferozmente. Don Ricardo está tardando en subir al animal. Es grande. Un ardor en el pecho le corre a la mandíbula y a los dientes, para pasar de los hombros a los brazos. La caprichosa bestia se resiste.


Nada en la dirección contraria. Se sabe presa, herido huye. Los pies de Don Ricardo resbalan en la superficie irregular y mojada que lo contiene. Jala la línea cada vez con mayor fuerza, está a punto de arrancarlo del agua. Lanza un gemido en el esfuerzo final.


En el aire el engendro se retuerce, sopla fuertemente y arroja una baba pegajosa. Sus tentáculos se aprehenden del aire en la oscuridad. El manto se contrae y cambia de color, tinta relampaguea su ser. Sus aletas aplauden.

 

En el piso yacen Don Ricardo y la criatura. Con las piernas rígidas y con la mano derecha rasgándose la camisa, Don Ricardo tiene dificultades para respirar. La criatura sujeta con sus garfios, y hasta la punta de sus horribles brazos, la embarcación. Se arrastra. Arroja en un vahído la tinta contenida en su bolsa. Don Ricardo siente la muerte, no puede articular palabra sólo gemidos aterradores.

 

El Chocolate suelta la piola y de un salto llega al costado de su padre. Lo sostiene por la espalda, voltea a su alrededor, ninguna embarcación está cerca. Don Ricardo agoniza, el Chocolate lo puede ver en sus ojos. Arranca el motor. Deseando llegar desesperadamente, se dirige al puerto. Sorteando embarcación tras embarcación la gorra se la ha volado el viento, mientras los fantasmas del mar sólo buscan aquello. Por fin atraca en la orilla, es tarde.

 

* * * * *

 

Los hermanos de Mitsuko toman el elevador. La cocina del departamento de Yuuki ha envuelto al edificio, a Tokio entero, con el aroma del ika guisado con salsa dulce y verduras al vapor. Sentado en el sobrio sillón negro, con la mesa puesta y los finos cubiertos relucientes, Yuuki escucha que llaman a la puerta, ¡Konnichi wa!, ¡Okaerinasai!.

Categorías: Ejecutivos BCS Agosto 2011

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